miércoles, 8 de junio de 2011

Y tú, ¿por qué te enamoraste de mi?

Yo, no elegí enamorarme de ti… pero la primera vez que te besé nuestros dientes se rozaron por una milésima de segundo, y fue increíble (!) Y la hora exacta de ese beso eran las 21.37, y quité la pila del reloj para que se quedará la hora detenida para siempre. Y el minuto exacto en el que me besaste está metido en un reloj para siempre… y ahora ya, nunca sé que hora es, pero me da igual. Desde entonces, veo concientemente el reloj.
¿Sabes lo que me gustaría? Estar tumbada contigo sobre la hierba, mirando la luna esa naranja que hay en algunas noches de verano, y que empezara a nevar, sentir los copos en la cara y tu mano…
Una vez, le preguntaron a Lewis Watts, un fotógrafo de guerra: ¿por qué había elegido esa profesión? Él contesto que si pudiese contar con palabras todo lo que veía, no necesitaría cargar todo el día con una cámara de fotos… Que hay ciertos momentos de belleza, de desolación, de horror y de heroísmo, que estaban más allá de las palabras. Yo también lo creo. Hay cosas que no podemos explicar con simples palabras… cosas como seguir vivo, sentimientos como el amor y el compromiso o sensaciones como abrazar a un amigo.
Quizá por eso, nuestra vida se compone de imágenes…Momentos congelados en el tiempo para siempre, de decisiones que cambian sin remedio alguno el rumbo de las cosas, de fotografías viejas que se guardan en la memoria que nos recuerdan cada segundo lo hermoso que es vivir. Las tres fotografías más importantes de la historia: la primera, una instantánea de la bomba atómica lanzada desde el masacre; la segunda, el hombre pisando por primera vez la luna; y la tercera, es la que más me gustó, mostraba dos enamorados besándose mientras el mundo giraba a su alrededor… congelados en un beso interminable, refugiados contra el olvido.
Quizá es eso lo que sentimos cuando vemos fotografías antiguas, que por ellas no pasa el tiempo, como unos mosquitos atrapados en ámbar durante millones de años y el mundo sigue adelante… pero ellos siguen allí atrapados, sin cambiar, como las fotos guardadas en una caja de zapatos: instantáneas de otro tiempo que nunca volverá (!)

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